15.3.08

UN CUENTO DE NIÑOS

-¿Qué le enseñó su padre, Jorge? Preguntó Marcela.

-Muchas cosas.

Me acuerdo de haberle contado las dos o tres anécdotas que más automáticamente me vienen a la memoria. Pocos días después, comprendí que eran demasiado intelectuales.

Fueron la de aquel tren que por huelga gremial del maquinista, paró 200 metros antes de la plataforma. Esa vez que paseábamos por la playa de cargas de Caseros, le dije mientras veíamos la fila de pasajeros caminando por la vía:

-¿No hubiera sido mejor que parara en el andén?

-Al conductor le llegó la hora que el sindicato acordó para iniciar el paro, justo en ese lugar y allí detuvo el tren. Una protesta gremial consiste en eso, en alterar el servicio y generar molestias. Si los pasajeros enojados, al llegar a la estación se manifiestan con alguna violencia, será algo que también favorezca a la lucha sindical.

La otra enseñanza de mi padre que referí a Marcela, también la clasifico como de carácter solidario. Llamo la atención sobre que esta también la recuerda mi amigo Sergio, porque la última vez que me visitó me habló del tema, con lo cual se podría decir que alguna vez se la conté y eso hizo que trascendiera su alcance. Esta ocurrió en los años en que el servicio de barreras manuales, en los pasos a nivel de los ferrocarriles, eran reemplazadas por barreras automáticas.

-¡Mirá qué bien! Una barrera automática reemplaza por lo menos a tres operarios por día, vienen a ser tres jornales que se ahorran.

Enseguida entendí que mi observación había sido por lo menos inocente, porque mi padre contestó:

-Lo de los jornales es una cuenta que está bien, pero pensá que los obreros hubieran cobrado sus jornales para gastarlos acá, mientras que el valor del mecanismo automático son 50.000 dólares que se van para Inglaterra y no vuelven más.

Las anécdotas que conté -habría muchas más para decir-, son de valores que valen, son también de práctica de solidaridad, pero insisto en que demasiado intelectuales.

En otros encuentros que tuve con Marcela, felizmente pude hablarle de recuerdos más cotidianos, más propios del mundo de los mortales:

-Marcela, mi padre también me enseñó a leer y a andar en bicicleta.

-Ambas cosas que hoy en día usted también practica. Dijo Marcela, con una sonrisa muy amplia.

Sí, las practico. Y destaco que me enseñó a leer mucho antes de que yo cumpliera la edad necesaria para ser admitido en una escuela. Lo hizo muy delicadamente, con infinito amor, que vinieron a reemplazar su ignorancia de alguna técnica para esa didáctica, con sus únicos y escasos tres años de instrucción formal. ¡Vaya que no he sido huérfano! ¡Vaya que aquel casi analfabeto de educación académica, era muy sabio! Quizá sea esta la condición que más justifica un estatus de sabio.

Con Raquel conseguimos alquilar una casita en Cascallares. Lo último que nos quedó para trasladar desde la casa de mis padres en Castelar, era Canuto, el cachorro de galgo de 18 meses de edad. Mi padre se haría cargo de llevarlo, le puso collar y traílla, y salió caminando con el perro, rumbo a mi casa. Después de haber recorrido poco más de quince cuadras, Canuto ya estaba cansado. Si bien con un perro no es posible hablar, eso no impide comunicarse, ¡mi padre lo cargó en sus brazos y así llegó con el animal hasta nuestra nueva casa de Cascallares! Cansado, por supuesto, y exitoso en otra enseñanza: la de prestar atención a las necesidades de los demás -incluso si los demás son animales- y destaco la mejor de todas, la que más disfruté, cargar en brazos a mis nietos donde quiera que fuéramos, sin importarnos que resultara una representación grotesca, porque fue una práctica que mantuvimos hasta que ya estaban bastante crecidos, y con el resultado delicioso de permanecer en un abrazo prolongado.

Mailén todavía era nieta única y en las vacaciones del 94, viajamos con ella y los padres a Bombinhas. En los últimos 10 años Raquel y yo íbamos siempre allí. Durante nuestra estadía que habitualmente duraba casi todo enero, varias veces solíamos pasear desde el centro de la ciudad, hasta Itapema. Allí tomábamos un baño en el mar y volvíamos caminando. No sabría decir la distancia, pero la calculo en unos cinco kilómetros de los cuales cuatro nos ofrecían esas colinas tan lindas que quiebran la monotonía en las playas brasileñas.

A los dos o tres días de haber llegado al antiguo territorio Charrúa, el sol pleno y el sentirnos ya descansados del viaje, nos llamaron a Itapema y a la mañana temprano marchamos. Naturalmente alcé a Mailén para ese “abrazo” que duraría más de una hora.

Las primeras colinas que se atraviesan, son de un declive suave y están preparadas para ser recorridas a pie, pero ya llegando al final de nuestro trayecto, justo cuando uno empieza a sentir el cansancio, son algo escarpadas. Erré al elegir una ladera de mayor pendiente y con piedras que estorban el andar y en algunos momentos más que en otros, debí forzar mis piernas para la subida.

Como si no me bastara con haberlo percibido yo, -que fui el destinatario del gesto y el principal, quizá único, interesado en registrarlo- disimuladamente pedí a los otros caminantes que fueran testigos de la maniobra de Mailén. Cuando notaba que mi esfuerzo era mayor, ella lo acompañaba con otro esfuerzo de sus propias piernas. Desde ya que no tenía efecto físico, porque estaba en mis brazos, pero lo grandioso era la actitud de solidarizarse conmigo.

Con infinidad de escenas como esta se fue construyendo nuestro vínculo, y está claro que superan largamente el lazo de sangre, pero mientras escribo este relato no puedo evitar preguntarme cómo serán las oportunidades que tengan los niños palestinos o de otros pueblos que luchan por la liberación, para edificar sus relaciones con sus mayores, cómo habrán sido y serán hoy las oportunidades de los niños africanos que asistieron a la cacería de sus padres para ser forzados a aportar trabajo en beneficio de la economía de países que no conocieron. En fin… la vida es despareja, mucho más que el relieve de las colinas de Itapema.

Jorge Lagorio