17.9.05

CONCIERTO

narrativa

El último piano del mundo está a punto de ser tocado en una gran cueva vacía, donde no hay muebles.

El pianista luce la última camisa blanca que nos quedaba. Aunque nadie lo crea, le alcanzamos el último pan de jabón para que se lavara las manos. Ventaja del pianista, por encima del bueno de Antonio Machado. Él ni siquiera las manos, menos el cuerpo, pudo lavarse como para evitar ser dejado afuera de las fiestas organizadas en homenaje a su corazón luminoso. Pero, claro, el sol todavía calentaba. La era de hielo no se vislumbraba. Podíamos ser lujosamente egoístas hasta el límite de no amar. Somos capaces de ver y acomodar el futuro para nuestros hijos, para nuestros nietos. Nos proponemos que ellos no sufran. Pero una molécula de sangre que una vez recorrió nuestras venas, lamento advertirlo, mucho más lamento prevenirlo, va a estar recorriendo el corazón de alguna de las mujeres y los hombres de la era de hielo. Y va a ser el corazón de un hijo nuestro.

Ahora que el sol comienza a apagarse, parece que no molesta tanto despedir olor por llevar el cuerpo sucio, no molesta tanto ser negro o ser chino. Molesta menos caminar distinto, causa de una enfermedad contraída años atrás. Diga el lector qué cosas no molestan más, ahora que el sol se está apagando y hemos vuelto a las cavernas, desiertas las ciudades y los pueblos... cubiertos de hielo. Los hombres no sabemos qué nos pasa, cómo termina todo, cómo se muere. Olvido, ausencia del conocimiento, los hombres no sabemos nada de Beethoven. Y sin embargo, todos atentos al acontecimiento del concierto que ya no podemos imaginar muy bien qué es, pero que por algún motivo desconocido, en el dominio del instinto, nos va a remitir al día en que por maternidad-paternidad, hemos planeado una herencia para nuestros hijos.

Quizá nos haga preguntarnos ¿valió la pena?.

Y quizá soltemos una lágrima.

Porque el alma existe.

El momento habrá llegado. Las manos del pianista sobre el teclado. Listo para interpretar. Ahora es el anciano pianista el que llora, porque lo único que le sale tocar es la vieja ronda infantil “juguemos al gallito ciego”.

Jorge Lagorio