21.3.08

HABLANDO DE MI



Hablando de mi, bah, hablando de este que supongo que soy -asunto sobre el cual creo tener una pista muy firme-, debo decir “escribo, luego miento”. No me arrepiento, por eso de “quién me quita lo bailado”, habré hecho lo que me toca, lo que me corresponde, lo que puedo, aquello que la historia me permitió hacer para inventar un orden para el universo que se presenta caótico. Ni siquiera soy bueno, mucho menos todo lo magnífico que se encuentra a la vuelta de cualquier esquina.
Lo que a mí me sale es estar en concordancia con lo que digo y solamente puedo tomar la decisión momentánea de seguir disfrutando de las deliciosas mentiras y de los errores a que nos lleva nuestra fe. Habrá tiempo para saber qué resulta, pero en ningún caso creo que vayan a ser de interés para los cuervos que cuentan y recuentan sus plumas, para prestárselas a interés.
La imagen que ven, corresponde al retrato que un gran pintor hizo sobre su maestro, también gran pintor. Sin embargo -algo que vale de verdad- ambos vivieron una vida de poetas, muy superior a su obra. Estoy hablando de Carlos Alonso y de su maestro Lino Enea Spilimbergo.
Alguna vez he podido ver jóvenes que afilan empeñosamente una caña tacuara para construirse un instrumento de escritura y dibujo, quizá no percibieron que ya están inventadas las excelentes plumas de acero y hasta el revolucionario bolígrafo o los pinceles. Les respeto su vocación, que no es la mía, y en este acto aprovecho este medio electrónico que nos permite decir "aquí estoy".
Jorge Lagorio

15.3.08

UN CUENTO DE NIÑOS

-¿Qué le enseñó su padre, Jorge? Preguntó Marcela.

-Muchas cosas.

Me acuerdo de haberle contado las dos o tres anécdotas que más automáticamente me vienen a la memoria. Pocos días después, comprendí que eran demasiado intelectuales.

Fueron la de aquel tren que por huelga gremial del maquinista, paró 200 metros antes de la plataforma. Esa vez que paseábamos por la playa de cargas de Caseros, le dije mientras veíamos la fila de pasajeros caminando por la vía:

-¿No hubiera sido mejor que parara en el andén?

-Al conductor le llegó la hora que el sindicato acordó para iniciar el paro, justo en ese lugar y allí detuvo el tren. Una protesta gremial consiste en eso, en alterar el servicio y generar molestias. Si los pasajeros enojados, al llegar a la estación se manifiestan con alguna violencia, será algo que también favorezca a la lucha sindical.

La otra enseñanza de mi padre que referí a Marcela, también la clasifico como de carácter solidario. Llamo la atención sobre que esta también la recuerda mi amigo Sergio, porque la última vez que me visitó me habló del tema, con lo cual se podría decir que alguna vez se la conté y eso hizo que trascendiera su alcance. Esta ocurrió en los años en que el servicio de barreras manuales, en los pasos a nivel de los ferrocarriles, eran reemplazadas por barreras automáticas.

-¡Mirá qué bien! Una barrera automática reemplaza por lo menos a tres operarios por día, vienen a ser tres jornales que se ahorran.

Enseguida entendí que mi observación había sido por lo menos inocente, porque mi padre contestó:

-Lo de los jornales es una cuenta que está bien, pero pensá que los obreros hubieran cobrado sus jornales para gastarlos acá, mientras que el valor del mecanismo automático son 50.000 dólares que se van para Inglaterra y no vuelven más.

Las anécdotas que conté -habría muchas más para decir-, son de valores que valen, son también de práctica de solidaridad, pero insisto en que demasiado intelectuales.

En otros encuentros que tuve con Marcela, felizmente pude hablarle de recuerdos más cotidianos, más propios del mundo de los mortales:

-Marcela, mi padre también me enseñó a leer y a andar en bicicleta.

-Ambas cosas que hoy en día usted también practica. Dijo Marcela, con una sonrisa muy amplia.

Sí, las practico. Y destaco que me enseñó a leer mucho antes de que yo cumpliera la edad necesaria para ser admitido en una escuela. Lo hizo muy delicadamente, con infinito amor, que vinieron a reemplazar su ignorancia de alguna técnica para esa didáctica, con sus únicos y escasos tres años de instrucción formal. ¡Vaya que no he sido huérfano! ¡Vaya que aquel casi analfabeto de educación académica, era muy sabio! Quizá sea esta la condición que más justifica un estatus de sabio.

Con Raquel conseguimos alquilar una casita en Cascallares. Lo último que nos quedó para trasladar desde la casa de mis padres en Castelar, era Canuto, el cachorro de galgo de 18 meses de edad. Mi padre se haría cargo de llevarlo, le puso collar y traílla, y salió caminando con el perro, rumbo a mi casa. Después de haber recorrido poco más de quince cuadras, Canuto ya estaba cansado. Si bien con un perro no es posible hablar, eso no impide comunicarse, ¡mi padre lo cargó en sus brazos y así llegó con el animal hasta nuestra nueva casa de Cascallares! Cansado, por supuesto, y exitoso en otra enseñanza: la de prestar atención a las necesidades de los demás -incluso si los demás son animales- y destaco la mejor de todas, la que más disfruté, cargar en brazos a mis nietos donde quiera que fuéramos, sin importarnos que resultara una representación grotesca, porque fue una práctica que mantuvimos hasta que ya estaban bastante crecidos, y con el resultado delicioso de permanecer en un abrazo prolongado.

Mailén todavía era nieta única y en las vacaciones del 94, viajamos con ella y los padres a Bombinhas. En los últimos 10 años Raquel y yo íbamos siempre allí. Durante nuestra estadía que habitualmente duraba casi todo enero, varias veces solíamos pasear desde el centro de la ciudad, hasta Itapema. Allí tomábamos un baño en el mar y volvíamos caminando. No sabría decir la distancia, pero la calculo en unos cinco kilómetros de los cuales cuatro nos ofrecían esas colinas tan lindas que quiebran la monotonía en las playas brasileñas.

A los dos o tres días de haber llegado al antiguo territorio Charrúa, el sol pleno y el sentirnos ya descansados del viaje, nos llamaron a Itapema y a la mañana temprano marchamos. Naturalmente alcé a Mailén para ese “abrazo” que duraría más de una hora.

Las primeras colinas que se atraviesan, son de un declive suave y están preparadas para ser recorridas a pie, pero ya llegando al final de nuestro trayecto, justo cuando uno empieza a sentir el cansancio, son algo escarpadas. Erré al elegir una ladera de mayor pendiente y con piedras que estorban el andar y en algunos momentos más que en otros, debí forzar mis piernas para la subida.

Como si no me bastara con haberlo percibido yo, -que fui el destinatario del gesto y el principal, quizá único, interesado en registrarlo- disimuladamente pedí a los otros caminantes que fueran testigos de la maniobra de Mailén. Cuando notaba que mi esfuerzo era mayor, ella lo acompañaba con otro esfuerzo de sus propias piernas. Desde ya que no tenía efecto físico, porque estaba en mis brazos, pero lo grandioso era la actitud de solidarizarse conmigo.

Con infinidad de escenas como esta se fue construyendo nuestro vínculo, y está claro que superan largamente el lazo de sangre, pero mientras escribo este relato no puedo evitar preguntarme cómo serán las oportunidades que tengan los niños palestinos o de otros pueblos que luchan por la liberación, para edificar sus relaciones con sus mayores, cómo habrán sido y serán hoy las oportunidades de los niños africanos que asistieron a la cacería de sus padres para ser forzados a aportar trabajo en beneficio de la economía de países que no conocieron. En fin… la vida es despareja, mucho más que el relieve de las colinas de Itapema.

Jorge Lagorio

MANO NEGRA

“Observación participante"
Por Daniel Hernández Rosete • • • • • 24/02/08
“Observación participante”. Este es el sarcástico título que el profesor mexicano Daniel Hernández Rosete pone a la carta en la que narra sus cuitas y vicisitudes con la policía madrileña. Otra visión de España, y a fe que no menos instructiva. El contraste entre ambas resalta el interés de cada una. SP.
Vengo a Madrid a estudiar migrantes indocumentados. Ayer tarde [jueves, 21 de febrero], a la altura de Callao en plena Gran Vía un operativo liado por unos 25 policías con guardias de la secreta (encubiertos) detenían a todo el que consideraban de sospechar bajo una mirada racista que segregaba según el aspecto y el antojo anímico.
No me he dado cuenta cuando uno me tenía por el brazo dirigiéndome a una patrulla en español ininteligible por la rapidez y los localismos que expresaba. Me pidieron pasaporte y no pude demostrar que lo traía (lo había dejado en el hostal, regresaba yo de Moncloa donde está la Universidad y en más de una ocasión he vuelto caminado toda la Gran Vía).
No hubo razones verbales ni escritas (traía la carta credencial firmada por el rectorado de la complutense en la que se explica que yo formo parte de un grupo de profesores distinguidos traídos a España para impartir cursos de doctorado). Nada valió. Me dijo que eso era menos que una cebolla. Quería ver mi pasaporte con fecha de ingreso menor a tres meses.
La estrella en mi vida es fiel y leal. En el momento de mi detención ilegal -lo único ilegal en todo fue la detención- un alumno del doctorado, inimaginablemente venía en la acera de enfrente y presenció el interrogatorio que derivó en "mi captura". El chico se acercó y explicó que en efecto yo era profesor invitado y se presentó como alumno del doctorado. Lo hicieron callar bajo amenaza de ser trasladado a otra comisaría. Entendí que contaba sólo con unos segundos para darle la llave electrónica de mi hostal, su nombre y ubicación y explicarle en dónde tenía yo resguardado mi pasaporte.
Los dos insistimos en preguntar a dónde me trasladarían:
- ¡Coño! ¡Que vosotros no estáis aquí para preguntas!
Me obligaron a subir al matadero: una furgoneta que se hizo cuarto oscuro con pequeñísimas ventanas de metal oxidado.
Lo demás....un espacio de unos 2x2 metros compartido con hombres y mujeres en total y absoluta oscuridad. Creo que éramos nueve. Arrancamos con sirenas encendidas, dos motos al frente y una patrulla detrás. Una carcajada nerviosa que terminó en llanto desbarató el silencio de uno que estaba enconchado en una esquina.
En efecto, fuimos trasladados como terroristas etarras, bajo un operativo de alto riesgo. Alta velocidad, llantas que por aferrarse al piso chillaban en las curvas, cruceros que atravesamos con semáforos en rojo.
Adentro, un asiático, escarnio permanente de los polis que le llamaban el Chinito, lloraba y parecía querer vomitar. Una mujer bien entrada en sus cuarenta que resultó ser madre de tres, trabajadora doméstica atendiendo a un anciano madrileño, paraguaya y excelente informante me decía que no me apartara de ella. Un mexicano (otro) se lo tomó a risas, hasta que al salir y en plena comisaría un codazo en la cara del jefe a cargo lo hizo renunciar a su lenguaje de irreverencia. En fila subimos escoltados por cuatro policías, dos mujeres, una al frente guiando al contingente, y la otra al final. Dos policías entre la fila.
Llegamos a un gran pasillo en un cuarto piso (conté cuatro niveles) y nos separaron según el lugar de captura. Los de Gran Vía del lado derecho, los de Callo en el izquierdo. Fuimos un pequeño grupo los que pasamos al lado de Gran Vía. El olor a sudor intenso impregnaba todo el lugar, no se podía respirar, estaba muy enrarecido el aire.
Miradas de odio entre los migrantes, pero sobre todo de miedo y terror entre las mujeres. Idiomas latinoamericanos se hacían escuchar entre llamadas clandestinas que uno y otro se atrevían a hacer por celular. Vi más de dos celulares destrozados en el piso al caer y ser reventados bajo el peso de un corpulento y bestial niño uniformado, armado y de no más de 19 años.
Sentí miedo y ganas de llorar como nunca antes en mi vida. Entendí que el escenario se podría escalar si alguno de los detenidos perdía la prudencia y pondría en riesgo la integridad de esa colectividad de almas aisladas y despojadas de todo derecho ciudadano. Sobre todo empecé a sentir miedo cuando el arrebato de la imaginación me hizo acordar de aquella película de Alan Parker o Brian de Palma (Midnight Exprress), además recordaba una y otra vez las palabras de Machado hechas canción por Serrat y porque el rezo no me funcionaba. Me fui enterando en ese momento que no sé rezar. Me daba ánimos tratando de recordar entonces la deliciosa canción de Serrat para darme cuenta de que no siempre es posible hacer camino al andar (sobre todo cuando de nada nos sirve rezar), la violencia de ayer fue tan brutal que no había ocasión de llamar por celular, de responder con dignidad al poder omnímodo de polis que añoran a Franco sin saber de esa historia fraticida de la España profunda y contradictoria.
Incertidumbre total, no había forma de hacer que el tiempo transcurriera para adelantarse al fin de la cinta y decir ya se cómo va a acabar todo esto.
Horas detenidos en aislamiento. Primer gran circulo de vulnerabilidad de todo ser humano. Entre llantos de mujeres indígenas de Paraguay, Ecuador, Bolivia y Perú. No se qué vieron en mí pero afortunadamente todo el tiempo nos mantuvimos unidos física y emocionalmente. Olores de albañiles detenidos tras sus jornadas laborales, nigerianas que se sacaban la mugre de las uñas y comían lo que de ahí salía. Todos en espera de ser llamados a un cuarto que estaba al final del pasillo. Un portazo sellaba el inicio del ultraje. Se entra solo a ser escudriñado por un grupo de nueve policías, dos de ellos con guantes de látex que no se reciclaban, todos adolescentes tardíos de no más de 19 o 20 años, violentos, profusamente violentos. No hay forma de insinuar ningún derecho.
Menos que cero. Se nos iba llamando por apellidos, que siempre y en todo caso fueron objeto de burla: el ratoncito Pérez, grito el niño policía, ninguno de nosotros atendió. Se volvió a oír Francisco Pérez del Perú. Entonces se levantó un hombre de mediana edad, unos 55 años, quizá menos, y se dirigió al final del pasillo en medio de las carcajadas de los polis que nos vigilaban presencialmente.
No termino de entender lo bien librado que he salido de este experimentar, pero ahora es lo que menos me importa. Cuando salí de ahí (en un santiamén según entendí después, cuando el jefe de la comisaría de extranjeros personalmente me lo explicó tras ofrecerme una disculpa), una parte de mi libertad se vio cercenada porque no pude dejar de escuchar las historias de estas mujeres y de dos varones más a quienes tuve que dejar ahí, sin ni siquiera poder ofrecer un beso de cariño y solidaridad. La mirada extraviada de la madre paraguaya me queda como el lastimero recuerdo de ese pasillo.
Esa mujer quedó desesperanzada y con el riesgo de deportación. Son las primeras palabras con que nombro el devenir de este proceso, que por cierto me recuerda a la historia del señor Franz, en El Proceso de Kafka.
Un beso a ese México entrañable y los seres que me habitan por cariño.- Daniel
Daniel Hernández Rosete es profesor de antropología en la UNAM mexicana. Actualmente profesor invitado en la Universidad Complutense de Madrid.


Querida Silvia

¡Por cierto que ha sido un auténtico “trabajo de campo”, el del docente Daniel! Además de que está “aprendiendo con sangre”. A pie juntillas aquello de que “la letra con sangre entra”.

No estoy seguro de que pueda escribirte sobre este asunto, sin provocar algún enojo. Ya sé que a vos no te lo provocaría, tampoco a Daniel, porque su estirpe de cuate mexicano lo involucra demasiado. Asimismo estoy lejos de pretender instalar el tema de la “leyenda negra” de la conquista, pero puede ser que inquiete a algún otro que leyera, porque dejaré en el blog estos textos cuyo tono no pueden eludir que este presente que vivimos hoy, sea reflejo de aquella y otras masacres.

El profesor Daniel Hernández Rosete ha sido eficaz y me ha conmovido con su brillante comunicación de esta escena de injusticia, de abuso de poder, de vejación de personas y aprovecho para expresarle mi solidaridad para si y para aquellos que quedaron y quedarán en esa comisaría y otros lugares de detención, sin siquiera la oportunidad de dar a conocer sus padecimientos. Sin embargo me he sentido impulsado a detenerme para señalar el punto en el cual, el autor de la nota alude al sentimiento de añoranza por Franco, atribuido a los actores autoritarios y que yo mismo también puedo suponer. Sólo creo que no se debe omitir que Franco no ha sido algo así como un hongo que brota espontáneo de la tierra. Él en cambio ha sido la consecuencia natural de tantos siglos de rapacidad, y si el generalísimo y su historia escandalizan a los sectores progresistas, es porque la emprendió contra blancos, me duele decirlo, bastante menos por otros motivos.

Del mismo modo creo respecto a Hitler, otro de los personajes siniestros que induce a pensar en un proceso equivalente, de manera que España no parece haber sido ajena a Europa, tanto en la territorialidad -lo cual resulta obvio-, como en lo ideológico. Ambos exponentes máximos de la criminalidad masiva, fueron el único resultado posible luego de siglos de rapiña, durante los cuales la historia es testigo de que se ha mirado cómo pasan las babas del diablo, mientras se aniquilaron millones de almas en América, Asia y África y simultáneamente nacía el primordio de lo que llegó a ser nazismo, fascismo y falangismo. ¡Vaya que aquel primordio, hoy tiene sus renovales!

No creo que sea tarea fácil restaurar el honor de Europa. Si halláramos una fórmula para ello, creo que deberá contar con el ingrediente de empeñarnos en resultar redimidos de seguir siendo víctimas de buena fe. Un culpable de buena fe es relativamente sencillo de ser reconocido, pero esta otra entidad en grado de verdadera maldición endémica y crónica, que viene a ser la de “víctima de buena fe”, es suficientemente sutil como para que se mimetice entre las “gracias” y la “buena nueva” que anuncian las trompetas progresistas.

“Pongamos el hombro, a ver si concluimos la tarea con honor”