UN KILO DE HARINA
Todos los comerciantes contestaban lo mismo, pero teníamos ganas de cocinarnos una pizza y nos fuimos hasta la panadería de Plate a comprar un kilo de harina. Cuando hicimos nuestro pedido, el panadero dijo lo que sabíamos que diría:
-No tengo.
-Usted hace muy bien en guardarse la harina, conozco un panadero que por haber vendido un kilo, ahora está juntando cartones por la calle para recuperar el quebranto económico que sufrió. Me di el gusto vano de contestar al panadero con tono de ironía y de allí nos fuimos a la feria de la calle Calicanto. Eran los días de la hiper inflación del gobierno de Alfonsín.
En la feria nos pusimos en la fila del quiosco de artículos de almacén, justo detrás de una señora que vestía sacón de piel color bayo, muy parecido al que llevaba puesto mi señora. Casi enseguida llegó un hombre muy alto y corpulento, que se paró detrás nuestro. Algo llamó la atención tanto de mi esposa, como del hombre alto y ambos salieron de la fila, cada uno detrás del objeto de su interés. Pude ver que mi esposa compraba papa y cebolla y que el alto hablaba con el vendedor de pescado. Este último volvió enseguida y se ubicó delante de mí, lo cual motivó mi reclamo:
-Ese es mi turno en la fila, señor.
-Pero… ¡no va a hacer cuestión por un solo lugar!
-No es por un lugar, es porque me parece lo justo.
-¿Lo justo? Vea… yo soy juez.
Visiblemente, el hombre alto, corpulento que ahora se me revelaba como juez, hacía uso de su “derecho de casta”, otorgado por su condición de magistrado de la justicia, para reforzar su posición, y siguió diciendo:
-Por mi profesión, puedo decirle que en nuestra sociedad tenemos una fuerte tendencia a considerar justo, aquello que se acomode a nuestros deseos o a nuestra conveniencia.
Más tarde, volví a pensar en el episodio y pude comprender qué había sucedido. Al volver a la fila, el juez se paró detrás de la mujer con saco de piel, porque en ausencia de mi esposa, era la referencia permanente que registraba en su sentido de ubicación. Creo que si yo hubiera podido argumentar esta deducción, no hubiera perdido mi turno, pero eso pasa a ser algo muy menor, si lo comparo con el beneficio de la enseñanza que pude extraer de mi ocasional rival.
Jorge Lagorio
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