3.3.06

ESPERANZA, UN PUÑAL DE DOS FILOS

narrativa

Yo, Fuentes Brest, de mi puño y letra relato estos pasajes del ocaso de Genaro Nojoga.

El encausado Genaro está siendo procesado porque fue sorprendido en Sierra Morena, dando agua a cinco sedientos galeotes prófugos y sospechado de haberlo hecho otras veces antes, en actitud pertinaz. Ateniéndonos a su conducta durante el tormento purificador que le venimos aplicando, el tribunal que presido encuentra indudable que el inculpado, además se vincula estrechamente con el demonio. Sin embargo, a título personal, no creo que sea ese el mayor crimen de Genaro, pero tampoco acierto a identificar con precisión cuál es, en medio de la irritación rayana con el odio que me provoca verlo retorcer de dolor en su charco de lágrimas, orines, sangre, heces y baba. Al respecto tengo una sospecha que voy a indagar, pues no me engaño con el linaje de cristiano limpio que ostenta.

Confiado en la impunidad de su jerarquía, por presidir el tribunal, el regordete clérigo colocó la pluma en el tintero y pausadamente se incorporó para hacer su recorrida diaria por los pasillos de las celdas, abandonando el manuscrito que compuso. Llama la atención que se detiene en la puerta de cada celda y dialoga con los presos por el ventanuco, aún cuando hiere su olfato el bochornoso hedor que emana, pero hace excepción sistemática frente a la celda de Genaro. A él lo observa largo rato desde las sombras, donde no puede ser visto. En ocasiones se disfraza adoptando la identidad de un escribiente o de un oficial de la guardia y confiado en que no será reconocido, intercambia algún párrafo que parece recoger con cierta avidez propia de la avaricia.

Hoy es otro día y supongo que Fuentes Brest me considera analfabeto, porque continuó escribiendo y ha dejado a mi alcance este texto que transcribo.

Creo con casi certeza, haber descubierto el secreto de Genaro, hace honor a su nombre y periódicamente licúa las costras de sangre que cubren sus llagas. Aquello que calla en medio del tormento, me lo ha revelado veladamente en ocasión de acercarle un mendrugo, y vistiendo yo las ropas de sirviente. Entre dientes le oí balbucear “esperanza”, “mundo mejor”, “amor”, merced a las cuales he concebido el tormento a la medida de su sensibilidad e inteligencia.

Por el penal han pasado las más diversas profesiones, labradores, artesanos, poetas, bellas mujeres alzadas por la tentación de la carne y entre tantas, también alguno que otro alquimista. A uno o varios de estos gitanos alquimistas, se le ha confiscado un cúmulo de un extraño polvo negro, que el reo llamó “carburundum” y desde que la hoguera acabó con la existencia del gitano indigno, se conserva en un saco que pasa desapercibido porque nadie acierta a descubrir cuál podría ser su utilidad. Fuentes Brest ha tomado una porción generosa del polvo y como al descuido, la ha dejado al alcance de Genaro, junto con una madeja de hebras y cintas de lona prieta. Pocos días más tarde, Genaro se apoderó de la sustancia, actitud que me ha despertado gran curiosidad por saber cuál destino le daría. Ha resultado que tal incógnita la comparto con Brest, pues tanto él, como yo, con sigilo extremo, observamos que por las noches Genaro embebe las hilachas con una pasta que prepara con sebo del candil y carborundum, y formando un lazo alrededor de un barrote de acero de la reja que cierra la única ventana de su celda, lo frota tenaz y paciéntemente. Parecería que aprovecha el poder abrasivo del compuesto.

Tras largos meses de acontecer esta operación rutinaria, Fuentes continúa con sus anotaciones escritas, que ahora no podré transcribir porque las guarda celosamente, entretanto Genaro , valiéndose de los materiales que discretamente le facilitó el clérigo a cargo del tribunal, ha logrado debilitar el acero y remover uno de los barrotes. Anoche atravesó la ventana y huyó del penal. Situado yo en la cubierta del pórtico de entrada, por entre las almenas observo que atravesó el claro que separa el edificio fortificado, de un pequeño monte que lo rodea. Genaro entonces se tiende boca arriba sobre la gramilla y deja que bañen su rostro los rayos de la luz de la luna que filtra el follaje, en una verdadera orgía en su deleite de creerse libre y redimido de sus años de cautiverio. A poco, un leve rumor denuncia que Fuentes Brest entra en la escena. Genaro se incorpora e intenta alejarse a la carrera, pero es inmovilizado por la pesada red que le arrojan cinco guardias que acompañan al ministro del Señor, quien, exasperante en su serenidad le dice:

-Finalmente he logrado descubrir el tormento que se acomoda a la magnitud de tu misterioso potente soplo de vida. Hoy comprenderás que aquello que tuviste como tu preciada virtud, viene a asistirme en aplicarte el justo escarmiento que mejor se te acomoda. Te he demolido la institución de tu esperanza.

Entretanto los guardias trasladan al preso a su celda, Brest regresa pausadamente y no puede comprender que la luna, tan bella, hoy le niega la emoción de otrora y un desconocido veneno que recorre sus venas, le vuelve a alterar la digestión. Dios sea loado. Le ofrendaremos renovados sacrificios. Amén.

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