2.1.06

EL RÁPIDO DE LAS 1902

narrativa

Desde que busco cualquier lugar propicio para el amor, puedo revisar mis antecedentes. Encuentro que nada de honor, poco para el orgullo, fuera de que esta vez he decidido nacer francotirador. Y me cabe. Me cabe empuñar esta lanza de caballero, nombrado por vos reina Micomicona, o este fusil cargado con balas de ternura o de otra cosa, dispuesto a tirar a donde sea que deba tirar.

-¿Cuando tomaste esa decisión, cuántos años tenías?, me preguntarías vos, como justificándote el tiempo que vos misma llevás perdido.

-Demasiados, te contestaría, sin la debida convicción de que un modelo equivalente pudiera ser lo mejor para vos o para nadie.

Mejor no conocerte porque entonces siempre vas a estar viva en mi corazón mientras yo mismo viva, y otras muchas veces voy a poder enamorarme de la misma mujer sin saber que es la misma. Una de ellas, serás vos, o las dos, o todas serán vos, otro de mis mayores orgullos.

En esta cuestión de revisar, me asaltó un recuerdo. Me tomó el recuerdo a mí. La anécdota estuvo muy viva siempre presente, pero desde anoche, me asaltó la comprensión de su contenido poético.

Sin saber muy bien por qué, todas las tardes me apuraba para alcanzar el rápido de las 1902. tal vez para provocar el encuentro con esa mujer bellísima que muy seguido me sostenía la mirada a los ojos.

“Qué lindo sería...” me dije para mí. Ese día, igual que siempre, recorrí varios vagones hasta encontrarla. Allí estaba. Me quedé en un pasamanos prudentemente separado por dos o tres filas de asientos, y tuve el premio por haber buscado el tesoro, porque esta vez, alta, cuerpo sólido, me miró como nunca en el tren con una sonrisa de entrega que desarmó unas cuantas de mis reservas. Las suficientes como para acercarme a ella, engañado por la idea equivocada de tratarse de un flechazo de fines de primavera.

-Hola. Dije con voz grave de galán de radioteatro.

-¿Te acordás de mí? Soy Elena. ¿Te acordás cómo nos perseguíamos en la escuela?

-¡Las veces que te veía pasar en moto por mi casa! Siguió diciéndome Elena y mil recuerdos más de la vida escolar, pero yo ya no la escuchaba porque los latidos de la sangre en mi cabeza no me permitían oir nada. ¡Cómo fue que pasaba por su casa sin verla!

¡Por cierto que la recordaba!..., pero no la reconocía. Ella quedó en mi recuerdo, congelada su imagen de niña por la fuerte emoción del que tal vez fue mi primer amor.

Yo estaba viviendo un momento tan intenso, que no pude ver que el tren ya casi llegaba a mi destino. Finalmente nos despedimos sin más trascendencia que con un beso en la mejilla y bajé en la estación Martín Coronado. Elena siguió, nunca supe hasta dónde. No alcancé a preguntárselo, ni alcancé a preguntarle dónde podía volver a verla, ni a decirle todos los besos que le había dado en su foto que conservo del tercer grado en que fuimos compañeros, con la prolijidad de recortar un agujero del tamaño de su cara en un papel, que obsesivamente colocaba sobre la foto, hasta hacer coincidir el agujero con su imagen, para que los besos se concentraran únicamente en ella, Elena Josefina E.

El presidente del apellido capicúa, no me trajo suerte. Ferrocarriles y otras riquezas sociales vendidos. No hay más trenes rápidos. No hay rápido de las 1902. Elena, no te veo más ni siquiera sé dónde buscarte. Elena, nos tenemos para siempre. Elena, tenés que saber que hay alguien que me puede acompañar algunos ratos del rato que me queda,... o tal vez sea alguien a quien también tendré para siempre...

Febrero del año 1999

1 Comments:

Blogger jorge lagorio said...

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Es inevitable que un comentario como el tuyo, para un texto tan liviano, se explique en el gran afecto que me tienes. Entre el buen comentario y el gran afecto, prefiero esto último. Mayor aún mi satisfacción, recibiendo ambos de ti.
Jorge

11:02 p.m.  

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