15.3.06

YO SOY EL TRAIDOR

Durante la noche trato de andar con todo el sigilo posible. Demasiadas veces he oído que murmuran a mi paso: -“¿Dónde irá el ladrón?”

Pero como todos los hombres, soy feliz con el peligro y mucho más lo soy cuando le agrego, “yo quiero”. La mujer, más sencilla, es feliz porque “él quiere”.

Entre todo lo que quiero, quiero seguir siendo castigado por mis pocas virtudes. A mayor virtud, mayor castigo. Eso es algo que me alivia la vergüenza por reconocer cuánto de mono conservo, ¡si hasta el mono está siendo más hombre que el hombre!.

Aquí y en esto, me veréis mucho más desnudo que en el recital de música de la playa de Río de Janeiro. Allí estuve desnudo, pero con siete pelucas y ahora sé que desnudo con siete pelucas no es desnudo.

Oro, platino, brillantes, esmeraldas, materiales que componen las “joyas preciosas”, son todos muy valiosos porque son escasos. El aluminio también fue igual de valioso, hasta que se ideó el proceso de tenerlo en abundancia, o sea dejó de valer cuando pasó a ser vulgar.

Reconoceréis mi mayor gesto de amistad, en que os prevengo de que soy adulador, cobarde y astuto. ¡Qué cobarde y astuto he sido, os he ofrecido garantía de que “de veras soy amigo”!. Es extraño, pero más me siento vuestro amigo, ahora que os prevengo acerca de mi cobardía y astucia.

Si advirtierais en mí algún rasgo de grandeza, buscad en eso. Allí hallareis mi mayor culpa y allí más debéis castigar. Sería bueno que también refutarais esta leyenda que os digo hoy. Desde la del pastor y el lobo habéis conseguido refutarlas todas, incluida la del caballero vencido, con más razón y sentido lograreis refutar mi pobre leyenda que habla acerca de que muchos levantarán su lanza y unos cuantos conseguirán arrojarla un poco más lejos que donde se reúne la canalla.

Advertiréis que esta leyenda implica una traición. Traiciono al conquistador, que siendo fuente de poder me ha dado la lengua, y doble traición porque renuncio a los blasones de casta que me ofrece. Yo, traidor, he renunciado a su casta. Admiro a los sabios que se regocijan con su locura y admiro a los pobres que pueden regocijarse aún sabiendo que la calderilla es sucia.

Sé que si fuera suficientemente pobre, lo único que podría daros es una limosna. Pero aún pudiendo darla, pretendería que me la mendiguéis. Nada puedo hacer por vosotros hoy que al haberme herido de muerte os habéis suicidado. Bien sabeis que solo a vosotros corresponde redimiros. No esperéis piedad o compasión, pues para eso está la cruz que no habéis desmontado y continuáis adorando.